domingo, diciembre 10, 2006

Capítulo 26: Inconsciencia infectada de sangre

Inconsciencia infectada de sangre



Siempre odié todo final en el que la chica es rescatada por el machito. Incluido el final de Las edades de Lulú.
Del loro salía una musiquilla muy relajante que me era muy familiar porque era el cd que solía escuchar cuando me apetecía haraganear. Era “Classic”, de Café del Mar.
- ¿Se puede saber qué ocurre? Me has dado un susto de muerte. – Yo me quedé callada. Últimamente sólo
permitía que me hablara así Óliver. - ¡Nístrim!- Insistió – Sólo intento ayudarte.
- Se trata del grupo de personas que me trataban en el Boulevard. No creo que, ni aunque te lo explique más de cien veces lograras entenderlo o creerlo.-
Ahora fue él quien no habló hasta pasado un rato.
- Eso del Boulevard... – Murmuró. – Eso del Boulevard es tan extraño ¿verdad? Parece que es irreal. ¿Tú crees en las premoniciones?
- No. Bueno, lo típico de pensar en el teléfono y que suene, intuir que alguien te está mirando...
- ¿Y en los sueños?
- ¿Perdona?
- Que si crees que existen los sueños premonitorios.
- No, pero creo que si sueñas con algo agradable intentas hacerlo realidad. Los sueños solo nos aconsejan, nos advierten... – Dije recordando que mis sueños se habían estado dedicando a advertirme de que no debía dejar a Víctor.
- No creo que me creas, pero antes de ir al Boulevard soñé con él.
- ¿En serio? – Le pregunté sorprendida y aterrada al mismo tiempo. Lo último que querría sería que a Víctor le hiciesen daño. - ¿Y qué soñaste exactamente?
- Yo iba muy decidido allí, como si fuese algo que hiciese de costumbre. Yo entraba a uno de los ascensores y la gente que había ahí dentro me decían, me pedían que me quedase allí con ellos.
- ¿Recuerdas qué ascensor era? – Le pregunté, suponiendo claramente que se trataba del ascensor seis.
- No lo sé, no me acuerdo.
- ¿Estaba entre ellos una mujer de entre cuarenta, cincuenta años, así bastante atractiva, y una chica como gótica...?
- No lo sé, Nístrim, me desperté enseguida. ¿Por qué me preguntas eso?
- Da igual. – Sí, daba igual. El único problema que había
era que no volveríamos a dormir tranquilos durante el resto de nuestras vidas.
Nos quedamos callados, mirando a la carretera, él pendiente del volante y yo muriéndome de ganas por que me contara qué le ocurrió, de qué habló en el ascensor cuatro. De pronto me di cuenta de que no sabía qué rumbo estábamos siguiendo.
- ¿A dónde vamos? – Le pregunté.
- Si te digo la verdad, no lo sé... – Le miré extrañada, pero él seguía absorto en la carretera. – Sólo quería... Si esta es la única manera posible para que tú y yo hablemos...
Suspiré. Acababa de presenciar una orgía salvaje con asesinato incluido y ahora, esto...
- Víctor, ya te he dicho que...
- Vale, entendido, pero no quiero que pienses que te utilicé ni nada de eso, Nístrim, todo lo que te dije era verdad. Lo que sentía era cierto.
Volví a suspirar.
- Para el coche, me bajaré por aquí.
- ¡Pero si estamos lejísimos de tu casa!
- Da igual. Me vendrá bien caminar un poco y respirar
aire fresco. – Bueno, fresco, fresco... Lo que se dice fresco...
- No seas tonta, ya que estoy te acercaré hasta tu casa.
El último lugar al que deseaba ir en ese momento era, precisamente, a mi casa. Me aterraba la idea de quedarme sola y desamparada en aquel triste apartamento. La mera idea de quedarme dormida me daba pánico y el peligro al que estaba expuesta en el aburrimiento de mi soledad me hizo reaccionar con una frase que nunca hubiera dicho antes:
- Si quieres hablamos en mi casa. - ¡Tonta, tonta, tonta, tonta!
Él me miró. Dejó a un lado la preocupación esencial que debía tener: la carretera y el control, para mirarme. Me miró. Fue cuestión de segundos, tal vez menos, pero bastó para que perdiera el control y se saliese de la carretera.
El choque contra aquel inocente pero grande árbol hizo que ambos perdiéramos el conocimiento.
Sólo era capaz de escuchar la música, que, afortunadamente, seguía sonando a pesar del choque. ¿O era mi subconsciente quien seguía emitiendo aquellas canciones? En cualquier caso, el clásico de Eduard Grieg, “Morning Mood”, versionado por Café del Mar, me envolvió literalmente.
Oscuridad, todo era negro, pulcramente oscuro. De pronto, entre la infinita oscuridad, una silla. En ella estaba sentada una niña que me miraba con una expresión inquietante. Su cara se fue transformando, primero en una vieja, luego en un hombre sin rostro y, finalmente, en un ser de rostro pálido y grandes ojos negros sin expresión que fácilmente podía haber confundido por una calavera. Pero no, aquel ser era más temible que una simple calavera o un esqueleto. Parecía más vivo, más... inteligente. Se levantó de la silla y se acercó a mí. Lo más extraño es que, a medida que se iba acercando, iba desvaneciéndose.
De improviso apareció una mujer, de unos veinte años, más o menos, de una hermosura sencilla pero cautivadora, con un vestido rojo del siglo XVIII, sonriéndome mientras bailaba, moviendo alegremente su gran vestido rojo, que ahora más parecía ser de una bailarina del Mouline Rouge. Pronto fueron apareciendo más personas, hombres y mujeres, y el oscuro fondo se convirtió en un escenario ambientado en el siglo XVIII. Todos bailaban alegremente aquella canción de Café del Mar que seguía reproduciéndose en mi cabeza.
Una mano. Alguien me tendió la mano con confianza. Yo no debía cogerla, ¡de ninguna manera! Pero no podía despertarme. Si lo intentaba, me ahogaba. Tal vez la asfixia sólo fuese una trampa que me tendió el subconsciente para evitar que despertara, no lo sé. Sólo sé que estaba asustada porque, evidentemente, no quería morir y, si intentaba despertarme, la respiración se me hacía imposible.
Intenté mover mi brazo izquierdo para agarrarme a Víctor, pero no podía. No podía moverme... Intenté llorar, pero ni siquiera conseguí que mis ojos se volviesen cálidos.
Prácticamente se puede decir que en aquel momento sólo estaba viva en mi mente.
No me lo pensé más. Derrotada, le di la mano a aquel desconocido y me uní al resto de personas que seguían bailando. Yo también iba vestida como ellos, con un gran vestido morado, un corsé que me ahogaba y un escote sexy y gracioso. El pelo, recogido en un moño que dejaba caer unas ondas brillantes y con movimiento, y un maquillaje basado en unos labios rojísimos y una sombra de ojos muy oscura.
Me dejé llevar por la música y bailé, di vueltas y más vueltas y me sentí como cuando era una niña y soñaba con ser una princesa. Ignorante de mí, que ignoraba que la vida de las princesas era una vida de sumisión e hipocresía...
La chica del vestido rojo se acercó a mí y me invitó a bailar con ella.
- ¿En qué año estamos? – Le pregunté.
- En mil quinientos setenta y siete.
- Pero eso no puede ser posible... En mil quinientos setenta y siete no se vestía de esta guisa, ¡Estos vestidos son barrocos!
Me callé. Nístrim, sólo es un sueño, no intentes encontrar una explicación lógica y coherente a todo esto...
La chica seguía bailando conmigo. No dejaba de sonreírme y me apretaba fuerte pero cariñosamente hacia ella.
Luego dejó de agarrarme y me tocó suavemente la cara con las yemas de sus dedos. Era tan suave que incluso me hacía cosquillas. Le cogí la mano con la que me estaba acariciando y se la besé. Ella no dejaba de sonreírme y eso me inspiraba confianza. Realmente estaba muy a gusto en aquella extraña fiesta, en pleno siglo XVI, con una moda muy adelantada a esa época y con la música de un grupo del siglo XXI como banda sonora.
El resto de la gente también parecía estar pasándoselo muy bien. Me gustaba ver que las parejas no eran exclusivamente formadas por un hombre y una mujer.
Aquella chica me infundía un calor difícil de expresar por palabras, y yo fui incapaz de resistirme a su sensualidad. Para cuando quise darme cuenta, nuestros labios ya se estaban rozando. Ella era más pasional que yo y no dudó ni un segundo en acariciarme eróticamente. Pronto me abandoné al delirio de la pasión desmedida y ambas nos fundimos en caricias y besos mucho más allá de lo erótico, mucho más profundo que lo vulgar.
Nunca antes me había entregado de tal manera a una mujer. Y mucho menos a un hombre. Ella era la pasión personificada, el erotismo en estado puro.
El resto de los asistentes también fueron poseídos por la esencia de la pasión y pronto aquello se convirtió en una sensual, poética y delicada orgía, que más se acercaba a lo sublime que a lo salvaje. Pero, a pesar del atractivo inmenso que aquella fiesta erótica desprendía, yo no me quería separar de ella. Sólo quería estar con ella. Había decenas, cientos tal vez, de hombres y mujeres realmente hermosos y eróticos, pero yo sólo la deseaba a ella.
Me di cuenta entonces de que la atención se centraba especialmente en una mujer bastante atractiva, bueno, qué digo: realmente bella y temible al mismo tiempo. Su belleza, una belleza pálida, y su vestimenta, más acorde con la moda de mil quinientos setenta y siete, hacían de ella una mujer respetable y, vuelvo a repetir: temible.
Abandonó su exquisito entretenimiento y, junto a una señora mayor, se fue al centro de la enorme sala.
Todos dejaron de disfrutar para escucharla a ella.
Mi acompañante también dejó de besarme cuando la mujer se dirigió al centro de la sala, para prestarle atención.
- Queridos amigos y vecinos del condado de Nyitra, espero que vuestra estancia en el castillo de Csejthe sea de vuestro agrado.
Me quedé blanca. ¿El castillo de Csejthe? Eso no podía estar sucediendo... ¿Acaso estaba yo en el castillo de Erzsébet Báthory? ¿Acaso aquella pálida y hermosa mujer era la mismísima Erzsébet Báthory?
No, Nístrim, recuérdalo: Sólo es un sueño. No dejaba de repetirme aquello, una y otra vez, una y otra vez... Pero sólo tenía miedo porque todo aquello era extremadamente real y, lo peor de todo: estaba atrapada en el sueño.
Mi mente se puso a trabajar locamente: Si Erzsébet murió con cincuenta y cuatro años en mil seiscientos catorce, significa que nació en... mil quinientos... ¡mil quinientos sesenta! Entonces, mil quinientos setenta y siete menos mil quinientos sesenta... ¡Diecisiete! ¡Erzsébet tiene diecisiete años como yo!.
Pero aparentaba más. Nuestra fisonomía era completamente distinta, producto de una época totalmente diferente.
Erzsébet seguía hablando y supuse que la mujer que la acompañaba era Ilona Joo. La música ya había cesado.
Sólo deseaba despertar, pero se me hacía imposible. Impotente, comencé a llorar desconsoladamente.
Esta actitud no le debió hacer mucha gracia a Erzsébet, que se calló de repente y fijó su temible mirada en mí.
Después mandó que me apresaran, pero alguien salió en mi defensa.
Mis ojos no daban crédito a lo que veían cuando descubrí que quienes impidieron mi arresto fueron los hombres y mujeres del ascensor seis.
- Nístrim... ¿Por qué no te despiertas? – La mujer de la humillación sentimental comenzó a reirse a carcajadas mientras todos los personajes iban desapareciendo poco a poco, después el salón... Todo. Incluso mi bella acompañante. Y todo quedó como al principio. Infinitamente oscuro. Allí sólo eran visibles ellos, los monstruos del subconsciente que habían abandonado la sala de consulta del ascensor seis por mi propio inconsciente.
- Dijisteis que si superaba las sesiones... ¡Maldita sea! Se supone que todo esto debía acabar cuando me dierais la historia ¡Y ya me la habéis dado! ¿Qué más queréis? –
Ya no sabía ni expresarme. Tenía un miedo terrible a acabar encerrada en el sueño, en mi subconsciente, durante el resto de la eternidad.
- No te equivoques, Nístrim, la historia no te la dimos: Tú nos obligaste a dártela. Eso no vale... Puede que Hugo fuese demasiado blando y cediera al desvelarte el mensaje de tus sueños, pero eso no significa que los demás siguiésemos su estilo. Y, dado que tú te negaste a continuar con nosotros, nos vimos obligados a tomar medidas drásticas para que terminaras debidamente las sesiones. – Me explicó la chica del sexo.
- ¿Y ahora? – Le pregunté. - ¿Ya tenéis mi veredicto definitivo?
- Ese lo debes descubrir tú misma a lo largo de tu vida. Y ahora... ¡Despierta!

2 cafés:

Renato dijo...

ok, srta., me las huelo que esto ya esta por terminar... pero igual, cuelga la que sigue!!!

Carlos dijo...

Se me adelantaron, pero de todas formas dejo aquí un comentario.