domingo, diciembre 10, 2006

Capítulo 25: La esquina de las arañas clandestinas

La esquina de las arañas clandestinas


- ¡Óliver! ¡Óliver!
Le busqué con la mirada, pero el bar estaba completamente vacío.
- ¡Óliver! ¡Sal...!
Recorrí el bar de un lado a otro, entré a la barra, a la cocina, pero allí no había nadie... ¿Qué coño hacía el bar abierto si no había personal que atendiera a la clientela?
Me puse a llorar desconsoladamente, consciente de mi impotencia.
En el extremo de la barra pude divisar un teléfono público. Busqué con la mano algunas monedas en el bolsillo del pantalón y descolgué el teléfono. Intenté memorizar el número de Dafne o Lucía, pero estaba bloqueada, no conseguía recordar... Seis seis cero... No, seis cero...
Finalmente me vino a la memoria un número, pero no recordaba de quién era. Daba igual, lo marqué de igual modo.
- ¿Sí? – Contestó una voz masculina desde el otro lado.
- ¿Víctor? – Mierda, de todos los números que podía
tener en la memoria, tuve que recordar justamente el de él, que hacía un montón que había olvidado. Que puta es la mente.
- ¿Nístrim? ¿Qué querías?
- Víctor, necesito tu ayuda... – Miré hacia atrás,
pendiente de la puerta, pendiente de la calle. Fuera seguía lloviendo. Ni rastro de aquellos monstruos. - ¿Puedes venir al bar de esta mañana?
- ¿Nístrim, qué ocurre? – Yo no paraba de llorar. Intentaba ahogar mi llanto, pero era imposible, estaba demasiado nerviosa. - ¿Nístrim? Háblame, por favor.
- Ven... ya te contaré, pero ven pronto. – Colgué el teléfono y me dejé caer en el suelo.
Me levanté rápidamente del suelo, como si de un impulso involuntario se tratara y me dirigí a la esquina opuesta del bar. Era gris, estaba sucia. Todo el bar brillaba por su limpieza, pero esa esquina estaba sucia. Me dirigí a ella y me agaché en el suelo. No era especialmente sucio lo que ennegrecía aquella esquina: eran telas de araña.
Corrí hacia la otra esquina, asqueada y aterrada por verme encerrada en un local con unas repugnantes arañas.
Sangre, ¿Por qué había sangre en el suelo?
- ¡Óliver! ¡Óliver! – No era de él, me dije, me prometí, me juré. Esa sangre no es de él. - ¡Óliver!
Daba igual que gritara incesantemente, allí no había nadie que pudiera escucharme.
Vera me había preguntado el significado de la lluvia. ¿Acaso todo aquel que trabajara en el Boulevard vivía ajeno al mundo exterior? ¿Tal vez por eso debían esperar a que sus “clientes” llegaran allí por intuición? ¿Acaso por esa razón, buscaban a otros “clientes” en sus sueños?
Tal vez no tenía nada de qué temer. Tal vez fuera imposible que los monstruos del subconsciente se exteriorizaran de tal manera. Sí... estaba salvada. En el exterior estaba salvada. Ellos nunca lograrían salir.
Pero ahí estaban mis sueños... ahí estaban mis textos... ahí estaban mis dibujos... ahí estaban mis pensamientos.
Salí del bar, aunque había quedado allí con Víctor; aunque la mancha de sangre que encontré en el suelo me hizo pensar que estaba relacionada con la ausencia de Óliver. Pero si no hay cuerpo...
El sonido de un coche tras de mí me sorprendió, por lo que decidí correr hacia la acera y dejar de hacer el gilipollas.
El coche paró en seco y una cabecita familiar se asomó por la ventanilla.
- ¡Nístrim! ¿Se puede saber qué coño estás haciendo?
- Lo que menos falta me hace ahora es una lección moralizante.
- Anda, sube y cuéntame en qué lío te has metido ahora.

1 cafés:

Carlos dijo...

Y quién está dentro de ese coche? No nos dejes con la intriga.